Comercio en San Juan de los Morros durante la cuarentena. Foto: Xiomara López Perozo

Cuarentena nacional por coronavirus: Apenas empieza (día 1 al 3)

Crónicas Letras

Recuento

La razón por la que este recuento empieza el día 4 es simple, al principio estaba seguro de que la «cuarentena nacional» debido a la pandemia de coronavirus no era algo tan difícil de llevar.

Este es un relato largo, querido lector, te pido que tengas paciencia y me acompañes…

Mientras escuchaba el decreto y leía los mensajes de los compañeros de la red de noticias para la que trabajo en mi cabeza se repetía una idea: «Ya salgo poco de casa» pensé, «y no es que sea de esos tipos a los que les gusta salir a rumbear o visitar amigos… Estaré bien. Estaremos bien…»

Reconozco que al principio no creía que el famoso Coronavirus fuese a ser un gran problema. Todos admiramos la parte «buena» de China que ellos mismos se aseguran de que veamos: La aparente disciplina de sus funcionarios, lo rápido de su capacidad de construcción…

Pero detrás de esa apariencia China tiene un historial de desdén y falta de cuidado por las normas que no sólo inició la pandemia, sino que ayudó a propagarla rápidamente: se inicio por la venta y consumo de animales no aptos en un mercado sin regulación aparente, las autoridades se enteraron de algunos casos y no informaron ni tomaron medidas, un hotel recién construído en tiempo record y que se usó para alojar a pacientes infectados se derrumbó por graves defectos estructurales de construcción.

Esa es la otra China, en la que es hasta normal que estas cosas pasen. Por eso, pensé que este sería otro virus como el SARS y que no llegaría muy lejos.

Vaya que me equivoqué, cuando el presidente de Venezuela y su poco confiable gabinete ejecutivo declararon la cuarentena nacional casi me golpeo la cabeza contra la pared, estaba garrafalmente equivocado y ahora mi error me daba cachetadas en la cara una y otra vez.

Más tarde, cuando empecé a ver cómo las autoridades de cada uno de los estados que rodea al mío enumeraba nuevos casos, «todos importados» y mi región quedaba completamente cercada, en todo el medio, «sin casos confirmados de coronavirus», mayor fue la conciencia sobre mi error.

Día uno

El primer día llegó con naturalidad, incluso otros vecinos de mi ciudad salían tranquilos a la calle a hacer sus compras, «eso no va a llegar aquí», «al virus lo mata el calor y mira este solazo», «eso es del diablo y yo lo reprendo», eran las frases que escuchaba.

Yo honestamente no siento que le tenga «temor» a la pandemia, es como cuando me encuentro con una de esas arañas grandes y feas en el cuarto de mi casa. No le temo y haré todo lo posible por sacarla y salvar su vida sin que haga daño a nadie, pero no le voy a meter la mano porque se que puede picarme.

Así empecé a comportarme, sin temor, pero previsivo. «Eso mata es a los viejitos, a ti no te va a hacer nada» dijo alguno, pues resulta que en casa tenemos un niño de dos años y dos viejitos a los que proteger así que, a cuidarse.

El primer día no salí, trabajo en casa, eso es una gran ventaja. Pero empecé a ver cuánto y cuan sutilmente esta cuarentena nacional iba a empezar a cambiar mi vida.

Alirio es un amigo al que conozco desde bebé, que más de una vez me cuidó cuando volvía del colegio y mi mamá no estaba en casa. Un señor que me inventaba juguetes y pasaba horas jugando conmigo mientras mi mamá llegaba.

Es de esos que disfruta de un saludo efusivo, un buen abrazo y una amena charla. Nos saludamos así desde que yo era pequeño, es algo así como un tío, un hermano mayor.

Ese día mostró una genuina cara de tristeza cuando le expliqué que por primera vez en 30 años, no le podía dar un abrazo. Venía del centro en su moto, ¿Qué se yo con quien había tenido contacto? ¿Qué pasaría con mi muchacho? Traté de explicarle con cariño, su esposa y mi madre también, se fue menos triste.

Honestamente, también me pegó no poder abrazar a mi amigo.

Más tarde ese día, «los coyotes» (nadie parece saberse su nombre), vinieron a revisar una nevera. A eso se dedican. Los que trabajan son dos, pero siempre cargan a sus hijos encima.

Uno de los muchachos, que tendrá como 17 años, se sintió muy a gusto con Andrés cuando lo conoció. Mi chamo se da con cualquiera, (lo que puede ser un peligro a veces) y durante ese primer encuentro jugaron y corretearon por la casa como amigos de toda la vida.

Lamentablemente, el segundo encuentro no pudo ser tan ameno y fue algo que me cayó todavía más mal. Se bajaron de la camioneta después de llegar del estado Aragua, uno de los afectados por la epidemia y llegaron a saludar al negocio de mi mamá.

En ese momento yo salía, precisamente para hablar con ella y Andrés me seguía a las carreras queriendo escaparse un rato a jugar al lado. El joven «coyote» de inmediato le alzó los brazos y el pequeño se apresuró a alcanzarlos: «ahora sí nos vamos para San Sebastián» le decía el joven.

Tuve que interceptarlo con vergüenza y algo de temor, me disculpé cien veces, que no fueron suficientes. Ellos trataban de explicarme extrañados que nada iba a pasar, que el virus «no era tan malo», que dejara al niño jugar con ellos. «Yo no se», repetía yo, «de pana me da miedo» dije mientras cerraba la puerta.

En algún momento podré disculparme debidamente y rogarles que comprendan cuán preocupados estábamos mi esposa y yo.

Día dos

Este día fue menos dramático, mi principal desafío fue mantener entretenido al pequeñín mientras me balanceaba entre él y el trabajo.

En la tarde, sin embargo, pasó algo que hasta el momento no había considerado, después de jugar en el patio, correr en el pasillo, armar bloques y jugar carros en la computadora, le dimos un baño a Andrés.

Lo vestimos como de costumbre y todo iba de lo más natural hasta el momento en que el muchacho salió y se prendó en la puerta del frente. «Quiere salir» decía mi esposa, «pero no podemos dejarlo salir».

El peque golpeaba la puerta, la señalaba, llamaba a su abuelo. Tenía que ir al parque, hacía días que no iba al parque. ¿Por qué si siempre iba ahora no podía ir?

«El parque siempre está full cuando salgo del trabajo, pero hoy había un solo niño. Estaba solito ahí, supongo que se le escapó a los papás» dijo mi esposa, yo me reí, pero simplemente tratábamos de asimilar que la cosa era seria y no era prudente llevarle al parque.

Fue difícil persuadirle, implicó más juegos con pistolas de agua, con tapas de envases de cocina, con carreras. Pero el muchacho ya parecía menos animado y cada vez que uno de sus abuelos entraba intentaba llegar a la puerta para salir. Realmente me entristecía ver aquello.

En la noche, pasadas las 9:00, cuando ya no quedaba gente, ni comercios, ni carros, decidí sacarlo. Me llevé las pelotas y le abrí las puertas. El pequeño salió corriendo con afán, rapidísimo. Saltaba y daba vueltas, pateaba la pelota, parecía agradecer un poco de libertad.

Fue así durante dos horas, hasta que se cansó y volvimos a entrar de inmediato a bañarlo y cambiarlo otra vez, por prevención. Él felíz y satisfecho, yo aliviado. «Mañana habrá que hacer lo mismo», me comentó mi esposa con una cara entre alivio y resignación.

Día tres

Hay que salir para comprar lo de las tortas y los múltiples apagones no me dejan trabajar bien. Cerca de mediodía me arreglé para comprar los ingredientes de otro de nuestros trabajos y me acerqué a la puerta…

«No tengo tapabocas, no debo salir sin uno», recordé. Ya eran varios los testimonios de agentes de orden público que llamaban la atención a los caminantes que no llevaban tapabocas, una medida que contradice las recomendaciones de la OMS, pero que es decreto oficial en el país y hay que cumplir.

Mi esposa, una artista con sus manos, de inmediato me hizo uno, se tardó unos 20 minutos y le quedó que parecía hecho en una fábrica. Me lo puse y me despedí para ir a hacer las compras.

Mientras caminaba veía a unas pocas personas ir y venir con sus tapabocas, pocos carros, nada de transporte público, gente hablando del coronavirus.

Con las horas ya todos conocían la noticia de un grupo de ciudadanos asiáticos y venezolanos que quedaron encerrados en cuarentena en un local comercial en el que trabajan después de que las autoridades confirmaran que una de ellas había llegado de China 8 días atrás y permanecía encerrada en aquel local.

Fue todo un escándalo, el gobernador y la alcaldesa tuvieron que apresurarse a explicar que por ahora no se había confirmado que llevase el Coronavirus con ella, pero que igual impondrían la cuarentena y a todos los que la acompañaban en ese local por precaución.

«No hay casos confirmados en el estado», repetía el gobernador, pero la gente no estaba convencida y el temor se hizo mayor.

Al llegar al local comercial al que me dirigía me di cuenta de lo solo que lucía el casco central. Sí había gente, pero no era ni remotamente la misma cantidad que antes. Muchos comercios permanecían cerrados y en los que aún trabajaban había colas de personas que esperaban para comprar. Un agente policial les recordaba que no debían quitarse el tapabocas, que tenían que permanecer a un metro de distancia entre unos y otros y que no debían tocar con sus manos las rejas y cristales de la entrada del local.

Me alineé en una de las colas y empecé a escuchar los comentarios, el temor de unos, la incredulidad de otros, los que eran como yo, calmos pero previsivos. Un popurrí de sentires y opiniones a un metro de separación, en un país en el que es costumbre de muchos «colgarse a la espalda del otro» en las filas.

Un vehículo de «orden público» pasó dos veces por la avenida Bolívar, todos los agentes con tapabocas. Un Poliguárico regañó a una señora que se quitó el suyo, «¿qué le pasó a mi ciudad?», me pregunté.

Después de hacer las tortas tratamos de volver a la rutina normal, la mayor parte de ella centrada en entretener al peque.

En la noche, después de las 9:00, volvímos a vestir al niño para salir a jugar, después de comprobar que es una buena hora para salir sin dejar de cumplir con la «cuarentena social».

Tristemente, esta vez fue distinto. Primero un indigente se puso violento y armó el caos apenas a unos 100 metros de nosotros, lo que asustó a mi esposa y mi cuñada, que corrieron para adentro.

Me quedé afuera con el niño tratando de recuperar la normalidad, pero dos jóvenes con aspecto «sospechoso» se acercaron de la nada y me asustaron a mi. Resultaron ser puros prejuicios míos pues tan sólo buscaban a un vecino, así que seguimos jugando.

Entonces, pasó algo todavía más curioso, los niños de casas cercanas escucharon nuestros juegos y salieron también a jugar. Querían algo de normalidad, ¿cómo impedirles correr con Andrés? ¿Cómo decirles que no debían jugar con nosotros porque yo mismo, que había estado en el centro en la mañana, podía ser un peligro?

Al final les dejamos jugar, pidiéndoles por favor que no se acercaran mucho, que no abrazaran o sujetaran de la mano al niño, ni a mí.

Tras hora y media de juegos y sustos, volvímos adentro a cumplir con la medida de prevención, asearnos bien la cara y las manos, bañar por completo al bebé, que estaba más feliz que nunca.

«No se si podamos sacarlo mañana otra vez, es peligroso» dijo mi pareja, «y ahora los otros niños también quieren salir a jugar» agregué yo. Ella asintió con mueca de resignación, yo me quedé pensando en todo aquel asunto.

«Mañana hay que comprar mantequilla», dijo ella. Todavía pensativo, me levanté a revisar si había lavado y puesto a secar mi tapabocas.

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