El último trabajo (ficción)

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Entró a la vieja casa una vez más después de su último trabajo. El estilo victoriano que apenas dos semanas atrás la hacía lucir majestuosa e imponente ahora le daba un aire de vieja y abandonada.

Algunas luces seguían encendidas y las puertas permanecían como si nada hubiera pasado, pero ya no había muebles, ni computadoras, ni personas caminando por los dos pisos de aquel gran edificio.

La tenue luz solar de una tarde de lluvia entraba por las ventanas y lo seguía mientras caminaba hacia las escaleras, de no haber sido por el sentimiento de derrota y frustración y el intenso dolor en su hombro podría jurar que se trataba de la escena de una película.

Pero los cristales rotos, las marcas de balas en las paredes, los dramáticos sonidos y confusas escenas en su memoria le recordaban que todo era muy real.

Habían pasado quince días desde aquella última misión en aquel lugar, una instalación secreta de la policía de inteligencia de su gobierno que debió ser desmantelada después de un trabajo que salió mal.

Alguien habló, alguien dijo más de la cuenta a quien no debía. Estaba convencido de eso, no podía ser de otra manera. «¿Dónde estará Betty? ¿Qué habrá pasado con Roberto?»

Las preguntas corrían en su cabeza mientras se detenía a analizar un recuerdo, salía de su oficina en la tarde y Roberto, su jefe inmediato, se le unía en el pasillo del segundo piso. No habían empezado a hablar cuando una fuerte explosión sacudió la casa.

La explosión fue afuera, pero fue tan violenta que rompió las ventanas e hizo volar algunas lámparas y pedazos de las paredes. Enseguida empezaron los disparos y antes de que pudiera enterarse de lo que pasaba el agudo dolor de un balazo se clavó en su hombro izquierdo.

Gritó y se agachó para cubrirse y corrió escaleras abajo, mientras Roberto, que venía detrás de él, le gritaba a todo el mundo que saliera de allí. Aún iban bajando cuando una segunda explosión, está vez dentro de la casa, los lanzó escaleras abajo.

Intentó levantarse, tenía que encontrar a Betty, pero están confundido y adolorido. Una laguna en su mente le impedía recordar qué había pasado después, excepto cuando sintió las voces del equipo táctico llamando a los supervivientes y asegurando la casa. Alguno de ellos lo sacó de allí, pero no estaba seguro de si había abierto los ojos o su mente sólo dibujaba lo que había escuchado.

Dejó a un lado el recuerdo y se dio cuenta de que ya estaba subiendo las escaleras, su mente dibujaba otra vez a sus compañeros corriendo, los gritos, la explosión, la caída y luego, nada.

Según uno de sus compañeros le dijo más tarde, el equipo táctico recibió la llamada a tiempo y llegó de inmediato neutralizando el ataque y rescatando a sus compañeros, la devastación sólo había durado 5 minutos, quizás 10, pero en su memoria parecían días.

Llegó al pasillo del segundo piso y entró a la oficina de Roberto. Dentro no había luz, y parte de las paredes se había destrozado. La lluvia entraba entre los escombros inundando el piso de la habitación. Caminó despacio hasta la puerta de atrás que daba a un pequeño balcón por la calle de atrás, también ahí había marcas de disparos.

Miró por la ventana arruinada buscando respuestas, pero lo único que revoloteaba en su mente eran los borrosos recuerdos, que se mezclaban con un sin fin de preguntas.

«Quizás debería seguir, atraparlos», pensaba, pero sabía que no se lo permitirían. Le habían dicho que Roberto y Betty habían sobrevivido también, pero por su seguridad permanecían en la clandestinidad. En seguida se acordó de Juan, el tipo chistoso y siempre dispuesto a ayudar no había tenido tanta suerte.

Cerró la puerta y caminó hacia su propia oficina, todavía quedaba un escritorio y un viejo casillero en el que estaban uno de sus gorros favoritos, unos lentes oscuros y algunas libretas de notas en blanco. El cuarto no había sido alcanzado por el ataque y su estado limpio y pacífico contrastaba con el exterior.

Tomó el gorro y los lentes, se los puso y volvió afuera. En su recuerdo los compañeros pasaban a su lado, saludándole. En la realidad, el recuerdo, la tenue luz y el sonido de la lluvia le hacían sentir deprimido, abrumado por todo aquello. Quizás nunca sabría qué pasó en realidad.

Salió de la casa y caminó en silencio bajo la lluvia, esa tarde tomaría un autobús de vuelta a su ciudad, a su hogar, con su familia.

Llegó a casa cerca de las cuatro de la tarde y el atardecer iluminaba los cristales del autobús mientras caminaba a la puerta. Al poner el pie en la calle la melancolía y el alivio bailaron a través de su ser.

Volvió a caminar, sonriendo levemente, tratando de borrar los recuerdos de su cabeza. Se concentraba en la imagen de su mujer y de su hijo, esperándolo quizás, felices de volver a verle.

Así fue. Cuando llegó fue emboscado por un montón de abrazos y risas y el olor a horneado inundaba todo el corredor. Lloró, no sabía si de frustración o de felicidad, pero no le importaba, no había expresado ninguna emoción durante esas dos semanas.

Tomó un trozo de torta y una taza de café y se sentó en la puerta de la casa, ¿debería volver? ¿Debería dejarlo todo ir? Dio un bocado al pastel y lo saboreó cuidadosamente, como si la respuesta estuviera en él.

De repente el sonido de unos pasos apresurados le sacaron de sus pensamientos, levantó la cabeza y miró hacia atrás, nervioso. Su hijo y su mujer corrían hacia él, el pequeño llevaba en brazos una pelota.

«Volveremos a empezar, todo va a estar bien –dijo ella –¿Nos acompañas?». Se levantó despacio, la tomó de la mano y la besó. De inmediato, se volteó y besó la frente de su pequeño. «Jamás volveré a ese lugar, no me perdonaría perderlos», dijo en voz alta mientras las dudas y el miedo daban espacio a la lucidez y la esperanza.

Enseguida, los tres emprendieron el camino, riendo y hablando, «jamás volveré a ese lugar», repetía en su cabeza.


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