Sobreviviendo a una emergencia médica en Venezuela

Sobreviviendo a una emergencia médica - Foto: Pedro Izzo

Todo era normal en mi casa la noche del martes 8 de octubre, después de la jornada de juego y trabajo todos nos fuimos a dormir tranquilamente, sin sospechar que una dolorosa emergencia médica se preparaba para atacar.

En esta Venezuela de hoy, una de las cosas que sus ciudadanos piden a Dios cada mañana es que haya salud. «Bien, mientras haya salud», responden los vecinos cuando un conocido les saluda en la calle.

Recuerdo que en una ocasión dos señores se saludaron y uno de ellos se burló de la respuesta de su amigo preguntándole «¿qué vas a hacer con salud si estás mamando y loco?». El otro sólo sonrió y contraatacó: «con salud puedo resolver, pero si me enfermo ‘toy jodi’o!».

Las palabras saltaron en mi cabeza el miércoles 9 en la mañana, cuando decidimos que era hora de ir a la emergencia de una conocida clínica local para que trataran la gastritis que atacó a mi esposa esa madrugada.

«La metemos por el seguro», dijo ella confiada, refiriéndose al seguro médico de la empresa pública para la que trabaja, que cubre un máximo de 2 millones de bolívares por hospitalización. «Mucho se puede hacer con eso, pensé con ironía».

Minutos más tarde ella estaba recostada en una camilla con una solución endovenosa y un tratamiento de analgésicos y protectores gástricos. Mientras tanto, yo me encargaba del papeleo que requería el seguro.

Al cabo de un par de horas se sintió mejor, lo suficiente para volver a casa. Nos regresamos confiados de que todo había terminado, pero no fue así.

Esa no era realmente la emergencia médica

Pasó el efecto de las medicinas y volvieron a atacar los dolores, esta vez con más fuerza. Corrimos una vez más a la misma clínica pero la empresa de seguros se negó a cubrir el ingreso: «ya tiene un tratamiento y tiene que esperar tres días», me dijeron.

Siempre me ha parecido lamentable que la vida de una persona valga tan poco como para que la burocracia pueda más que el humanismo, pero en esas vivimos, supongo. Corrí a darle la noticia mientras pensaba qué pepinos íbamos a hacer de ahí en adelante.

Gracias a Dios, la médico de guardia no recibió nada bien la noticia, así que se ofreció a revisar a mi pareja y, por lo menos, hacer un diagnóstico, creo que se notó la palidéz en mi piel cuando escuché las palabras «no mami, esto no es gastritis, tienes que hacerte un eco hoy mismo».

El énfasis era claro, no era mañana, ni cuando hubiera plata, ¡era ya! De inmediato pagamos otro taxi al centro de la ciudad, a un laboratorio donde hacen ecosonogramas a toda hora (una rareza en mi ciudad).

"La metemos por el seguro", dijo ella confiada, refiriéndose al seguro médico de la empresa pública para la que trabaja, que cubre un máximo de 2 millones de bolívares por hospitalización. Clic para tuitear

El viaje en este segundo taxi fue eterno, cada bache y hueco en el camino parecía golpearla en el abdomen con la misma fuerza de los brazos de Yoel Finol. El taxista pareció darse cuenta de lo que pasaba, porque bajó la velocidad. Yo no sabía si prefería eso o que acelerara.

El ecosonograma costó 260 mil bolívares que pagamos de unos supuestos ahorros que habíamos hecho vendiendo postres caseros, «…pero si me enfermo ‘toy jodi’o», volvió decir el viejo en mi cabeza.

La doctora nos miró con seriedad mientras hacía el diagnóstico, una vesícula inflamada que medía tres veces su tamaño normal a causa de unos cálculos grandísimos que ya habían provocado inflamación en otros órganos.

«Hay que operar de urgencia»…

…Dijo la doctora y la incertidumbre parecía notarse en nuestras caras, pues nos invitó a sentarnos mientras hacíamos las llamadas que nos darían una idea de qué hacer.

El seguro no era una opción, una operación superaría con creces el monto máximo. Tampoco había dinero para una clínica y el poco dinero que teníamos se estaba evaporando entre ecosonogramas y taxis. Había que ir al hospital Israel Ranuárez Balza.

Mientras el tercer taxi del día nos llevaba hasta allá, una conocida nos informó que ya había «hecho el contacto» para que nos adelantaran en una lista de más de 25 pacientes que esperaban ser operados de emergencia en el hospital más importante de los llanos centrales, «pero ahora hay que ver cómo hacemos para que te suban a piso».

La injusticia de aquello me produjo dolor, impotencia y vergüenza. Ahí estábamos, camino al hospital buscando mover palancas que otras 25 personas adoloridas y asustadas no tenían para que nos pusieran en una lista, pero todavía había que encontrar que la subieran al quirófano, que ese era un palanqueo aparte y, luego… comprar todos los insumos.

Mi mente corría sacando cuentas, buscando alternativas, pensando a quién llamar, qué oración hacer, «¡Dios mío! ¿Me alcanzaba para este taxi?».

Llegamos a la sala de emergencias del hospital y la escena me hizo sentir todavía peor, cerca de 50 personas se aglomeraban a las afueras con unas caras que no podría describir con palabras. Algunos lloraban, otros llamaban por teléfono, otros miraban a la nada con los ojos rojos y otros entraban y salían corriendo de aquí para allá.

Mi esposa puso la misma cara de angustia cuando vio aquella escena y yo sentí que me desarmaba. Ella ya se había bajado del vehículo y yo estaba tratando de hacer un pago móvil cuando llegó una llamada a su celular.

«¡Vamos a la clínica!» Exclamó con una expresión que no alcancé a interpretar, pero parecía darme algo de esperanzas. Hasta el conductor sonrió, dándome la impresión de que él mismo había sentido la preocupación que inundaba su carro.

Al llegar a la clínica, un grupo de allegados que prefirieron mantenerse en el anonimato la esperaban. No había médico de guardia, ni siquiera en una clínica privada. Una recepcionista de muy buena voluntad que estaba allí a esa hora me dio varios números de teléfono.

Dos no respondieron, uno me dijo «quizás mañana», como si lo que quería reparar era el caucho de una bicicleta, pero el cuarto me atendió con tanta humanidad que por primera vez ese día me sentí tranquilo.

Media hora más tarde, a las 7:00 de la noche, un presupuesto de 32 millones de bolívares descansaba sobre la mesa, mi tranquilidad había durado sólo esos 30 minutos. Ahora estaba realmente desesperado. Ella apenas podía hablar y ya ni siquiera quería caminar. «Bueno, tenemos los dos millones del seguro», dije intentando reír.

Gracias infinitas

Gracias al apoyo de estos buenos samaritanos anónimos y al único médico que nos atendió, mi esposa fue ingresada de emergencia en la clínica a eso de las 9:00 de la noche. Gracias a ellos, la hospitalización bajó de 24 a 18 millones. Seguía siendo mucho, pero eran 8 menos y además, 16 ya estaban cubiertos, así que faltaban los honorarios del equipo de cirugía.

El médico fue igual de atento, ofreciéndose a reducir los honorarios un poco más y, después de oir nuestra historia, aceptó a hacer la operación sin paga, con nuestra palabra de que pagaríamos tan pronto como fuera posible.

Allí empieza la buena noticia y una lista de agradecimientos que no para de crecer, aunque a algunos no tengo permitido nombrarlos por su propia solicitud. Lo cierto es que, en seguida, familiares, compañeros de trabajo y hasta amigos empezaron a hacer donaciones y, para cuando ella fue dada de alta el domingo 13 de octubre, ya teníamos al menos la cuarta parte del dinero en nuestras cuentas.

La bondad no paró allí, pues ese día el cirujano se ofreció a traernos a casa, cansados y preocupados por la deuda, pero agradecidos por la buena voluntad de la gente que nos rodea. El martes 22 de octubre se saldó la deuda, gracias a todas aquellas personas que aportaron para cubrir semejante monto.

La prueba no ha terminado, el reposo parece interminable, ella no puede hacer ni comer muchas de las cosas que una semana atrás hacía y comía con normalidad y nuestras rutinas diarias han cambiado drásticamente debido a su reposo y su estricta dieta.

Ya no hay deuda, pero la dura realidad de nuestro país sigue acechando, pues mantener una dieta blanda es tan costoso que nos vemos obligados a considerar cada bolívar que invertimos y ganamos.

Sin embargo, después de agradecer por millonésima vez a todos aquellos que nos ayudaron, me invaden los escalofríos cuando pienso: ¿Cómo hacen esos hermanos venezolanos que no cuentan con nuestra misma suerte?

Precisamente mientras escribo esto, recibimos la noticia de que una adolescente de 15 años, familiar de unos allegados, falleció en el hospital Israel Ranuárez Balza. «Todavía no saben de qué murió», dijo un conocido cercano, «es una experiencia terrible enfrentarse a una emergencia médica en Venezuela», se lamentó.

Mi esposa escucha la noticia en silencio, no dice nada, pero puedo leer en sus gestos la misma dura pregunta que me hice yo…


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