Opinión: Y otra puerta que se cierra

Una puerta se cierra y te da miedo volver a abrirla

A veces se me cae al suelo el optimismo cuando veo como la gente de mi país, entre funcionarios y comerciantes, parecen estar empeñados en cerrar cada puerta a quien todavía cree que hay una salida y entonces, otra vez, pienso en «agarrar carretera».

Hace un par de días, el Padre Jesuita Arturo Peraza, rector de la UCAB (y miembro de la familia Fe y Alegría, a la que pertenezco), dijo más o menos, «el problema es cambiar una sociedad que pide y pide pero no produce».

Y tiene razón, la cosa es que a veces aquellos que queremos producir y no contamos con el apoyo de alguna ONG o fundación y no tenemos el tiempo y dinero para enfrentarnos a la burocracia gubernamental, tenemos realmente difícil «producir» con los constantes «portazos» que nos meten en la cara. Puede que uno sea muy fuerte, pero termina doliendo.

En el más reciente de nuestros intentos, recuerdo que le dije a Lexaleth «quiero aprender a hacer algo distinto a los servicios. La informática y el periodismo son chéveres, pero quiero algo que pueda aprovechar cuando no haya luz ni conexión a Internet» (esto último es la norma en mi casa desde hace casi un año, a pesar de pagar un plan de 10 Megas de CANTV).

Mi plan era aprender a hacer pan, ella hace tortas y dulces, así que el pan me pareció un paso lógico, así que empecé. El desafío empezó por encontrar la levadura, que terminamos encontrando en Bs. 30 mil la presentación instantánea (al escribir estas líneas, ya cuesta más de 50 mil). Lo demás fue relativamente fácil de conseguir, incluso la harina de trigo que en esa oportunidad compramos por Bs. 8 mil el kilo.

Ella fue quien empezó, pues ya tenía la experiencia y la confianza de la repostería, pero un día decidí lanzarme yo, por fin. Para sorpresa de todos, mis primeros panes quedaron mejor de lo que esperaba y, para nuestra sorpresa, se vendieron rapidísimo en un pequeño local comercial que abrió mi mamá. Todos estaban contentos y me felicitaban por haber logrado tan buenos panes.

Más tarde, decidimos arriesgarnos a hacer unos dulces, que en mi opinión quedaron incluso mejor que los primeros. No había tarde que no se vendieran por lo menos dos, acompañados del café que vendía mi mamá, cosa que nos alegraba muchísimo, pues el proceso de fabricación era realmente reconfortante y el producto final realmente dejaba ganancia, como dice Arturo Peraza. ¡Que satisfacción!

Uno de los hermosos pancitos que aprendimos a hacer

Pero empezó a acabarse la harina, así que buscando un poco conseguimos otros tres kilos por Bs. 12 mil cada uno, cuatro mil más que hacía una semana y media atrás. Pero no importa, estaba feliz, sólo tendría que aumentar un poco el precio de los panes y listo.

Nos volvimos a lanzar a la aventura y se repitió el éxito. Esta vez incluso sacamos donas cubiertas de chocolate y de limón, que se vendieron «como pan caliente». De verdad que sentía una alegría inmensa que solamente duró lo que duraron esos últimos tres kilos de harina.

Pero «el mercado» se dio cuenta una vez más de que había encontrado una puerta abierta y estaba saliendo bien el emprendimiento, así que se desapareció la harina de trigo. Con el dolar oficial disparado por encima de los 10 mil bolívares y el «negro» por encima de los 15 mil, ninguno de mis proveedores consiguió el producto para venderlo. Mientras tanto, los comercios pusieron el kilo del producto hasta por 20 mil bolívares: ¡una semana de salario!

Y se cerró la puerta, pues hasta hoy no he tenido la oportunidad de comprarla y si lo hago, saltaun montón de preguntas: ¿volveré a ganar dinero como la primera vez al vender los panes? ¿Corro el riesgo de que se dispare el precio de la harina en dos días y termine perdiendo mi dinero? Además, ¿En cuánto tendría que vender los panes para poder asegurarme de que podré tener ganancia incluso aunque la materia prima suba otra vez? ¿Lo comprarán?

Y aquí estoy, sentado una vez más en el teclado de la computadora escribiendo para la web y pensando a qué país por fin es que me voy a ir el año en que el SAIME por fin me entregue mi pasaporte, porque me cerraron la puerta de los panes y realmente estoy aterrado de volver a abrirla».

Lo siento Padre Peraza, pero cuando te cierran en la cara la puerta del emprendimiento, lamentablemente, la carretera vuelve a mostrarse como la única salida.

El artículo del Padre Peraza lo pueden encontrar acá

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