Lo de sacarse la comida de la boca…

Andrés y su plato de comida

«Yo me sacaba la comida de la boca para que tu comieras». Recuerdo siempre esa frase que todos llegamos a escucharle alguna vez a nuestros padres y que tan chocante llegó a sonar. Sin embargo, nunca tuvo tanto sentido como ese día de febrero cuando me senté a almorzar con el bebé…

El relato «Lo de sacarse la comida de la boca» se publicó el mes de febrero de 2019 en la primera versión de zancudonline.com, antes de que el anterior proveedor de hospedaje decidiera dejar el país y el sitio terminara caído.

En el mes de febrero de 2019 Andrés empezó, por voluntad propia, a comer solo. Desde entonces casi siempre lo sentamos en una colchoneta con su plato de comida mientras nosotros comemos a su lado.

Ese 3 de febrero, sin embargo, pasamos el día solos y se me hacía más fácil servir una buena porción de comida en un solo plato y compartirla con él. Pues así lo hice, tomé dos cucharas grandes de pasta corta, ocho rueditas de plátano maduro frito y dos porciones de carne guisada del tamaño de un puño adulto promedio.

El menú estaba muy sabroso y ya estábamos una hora por encima del almuerzo, el bebé de inmediato me hizo saber que tenía hambre así que nos sentamos, yo en la silla, él en mis piernas.

Ya con el plato en frente, Andrés tomó con sus propias manos una rueda de plátano, luego dos y después la tercera. Le insistí en que no podía comer sólo eso y le presenté el tenedor lleno de pasta corta, se lo comió de un bocado. Luego saqué un trozo de carne guisada al que le colgaba un pequeño pedazo de grasa, adentro sin dudar.

Así se repitió la escena varias veces, pasta, carne, rodaja de plátano. El hombrecito me dejó prácticamente sin comida, pues terminó comiéndose seis de las ocho rodajas de plátano, media porción de la pasta y pieza y media de carne guisada. Yo apenas había probado dos o tres bocados.

Ya satisfecho, se bajó de mi regazo y se fue a jugar, balbuceando palabras en no se qué idioma mientras se alejaba caminando. Yo me quedé mirando el plato, sorprendido y hambriento, sin poder explicarme a dónde había ido toda aquella comida.

Al final me levanté y me volví a servir un poco más de pasta y de carne, sin plátanos porque tristemente no quedaba más para mi aparte de las dos rodajas que me comí.

Fue entonces cuando comprendí lo que se siente. Lo de «sacarse la comida de la boca» para dársela a un hijo, el compromiso con el que se hace y la satisfacción de saber que cumpliste con tu deber como padre de ser su provisión, por lo menos por una comida más. Todo trabajo y todo trasnocho, valió la pena en ese momento.

Afortunado por la comida

Sólo tengo que decir que me siento afortunado en un par de cosas, siendo la primera que puedo darle de comer esa cantidad y la segunda, que aún después de él haber saciado su hambre y vaciado mi plato, pude levantarme y volver a llenarlo para comer yo, ¿cuántos padres allá afuera desearían poder hacer lo mismo? ¿Cuántos se quedarán sin comer después de haber alimentado a sus hijos?

Así que ahora mi deseo es que pronto cese la incertidumbre que vive el pueblo venezolano para suplir sus necesidades y las de sus hijos y que todos podamos ir tranquilamente a conseguir nuestra comida y sentarnos a comer, felices de saber que la provisión está ahí.

Y deseo que todos aquellos que no pueden levantarse a volver a llenar el plato, como hice yo, pronto tengan provisión suficiente para hacerlo dos veces y no tener que preocuparse por qué van a comer mañana.

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