Una historia real: El abuelo y sus llaves

abuelo

Mi abuelo… Mi abuelo es todo un amor… Y también el dolor de cabeza más grande de nuestra familia. Mi abuelo tiene algo que realmente puede ser admirable y también muy incómodo… El ama a la gente.

(Este es un relato publicado originalmente hace 10 años, en el año 2009. Es uno de esos artículos que quedaron en el baúl de recuerdos digital y me pareció que valía la pena revivirlo. Espero que lo disfrutes).

¡La ama en serio, como dice La Biblia que hay que amar al prójimo! Es de esos que no tiene problemas en salir del trabajo a comprar una bolsa de panes dulces para ir a visitar a “menganeja” y dejarle unos pancitos de recuerdo.

Eso lo admiro, yo no puedo ser igual, aunque tengo la fortuna de que mucha gente dice que soy amable. La verdad yo sólo doy lo que recibo… Pero nunca podría dar tanto afecto a una persona totalmente extraña, sobre todo cuando se que la mayoría de las veces pensarán: “ahí viene el flacuchento ese feo y fastidioso, ojalá deje el pan y se vaya! Fulano! Ponme a quemar la carne para tener algo por qué salir corriendo y tirar la punta!”

Lo cierto es que mi abuelo ama sin esperar nada a cambio. El día del juicio final estoy seguro de que será uno de los pocos que SÍ irá al cielo y yo no, yo me quedo por plastica e ñoña y odioso. En fin, el amor de mi abuelo es el que da nacimiento a este post.

Luego de cerrar el negocio, decide que va “un momentito a visitar a menganeja”. Antes pasa por la panadería comprando las acemitas de siempre, que no pueden faltar en la visita. “¿Estás apurado o te llevo de una vez?” escuché.

En ese momento bajé la mirada, a mi lado, dos bolsas de hermosas acemitas dulces me miraban fijamente cantando a coro “sóoooolo una… Róbate sólo uuuuunaaaa”. Luego de escuchar atentamente al canto, me preparé para estrenar mi Nokia Xpress Music y respondí “si no es tanto tiempo –¡vamos! Que se tarda mucho tiempo hasta en una visita rápida- está bien, de todos modos no tengo nada que hacer”.

¡Abuelo a la carga..! o a la visita

Y allá fuimos, al polo opuesto del pueblo, yo rodeado de acemitas y Nickleback mientras él buscaba la calle correcta. En ese descuido, metí mi mano en una de las bolsas… ¡Una menos! Luego lo vi bajar a verificar si era esa la casa y escondí la acemita robada.

“Pásame una de esas bolsas, nieto”. Obviamente, no tengo que explicar que le pasé la bolsa que ya había sido desvalijada. Mientras lo veía alejarse, sustraje una acemita de la bolsa restante, ¡a comer! Vaya que era agradable aquello, esas acemitas estaban deliciosas y la música muy agradable…

Pero al cabo de media hora comencé a aburrirme y el abuelo seguía encadenado! Miré al tablero y vi las llaves pegadas (hasta dejó las llaves… Es un amor…) En seguida, tomé las llaves y las escondí debajo del asiento, tomé otra acemita de la bolsa, bajé de la camioneta, paré un taxi y volví a casa. Ahora sólo era cuestión de esperar…

Tiririiiri tiririiiri tiririiririiiii ♫  

-¡Aló, buenas noches!
– ¡Nieto!
– ¡Abuelo!
– ¿Dónde está?
– Llegando a mi casa
– A su casa? Y por qué se fue así?
– ¡Sí señor..! Bueno, podía haberme traído la camioneta pero…
– Y… ¿Y mis llaves?
– Bajo el asiento..
– El asiento..
– Si señor… El asiento…
– Y ya usted se fue…
– Yo ya me fui… digo… me vine…
– Bien…
– Muy bien..
– Eeeehm… se me pasó la hora nieto…
– No se preocupe abuelo… ¡Que a mi se me pasó una acemita!

¡Mi abuelo es un amor!

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