El insulto no es la “venezolanidad” que necesitamos

Desde hace tiempo vengo viendo cómo algunos de mis hermanos venezolanos parecen regocijarse porque algunos de nuestros famosos le tiran a sus detractores insultos y palabras soeces para defender su posición.

En la más reciente de estas escenas, Miguel Ignacio Mendoza, o Nacho, mandó a uno de sus seguidores a mamarse un güevo, así, sin anestesia, porque el hombre le dijo que no hablaba como venezolano sino como puertorriqueño.

Sus fans saltaron a defenderlo y la cosa se hizo “viral” porque, según sus defensores, Nacho, un “incansable luchador social”, había respondido en perfecto venezolano a alguien que se “lo merecía”.

Pero no es el único, el gobernador del estado Carabobo, Rafael Lacava, también es famoso por sus respuestas chocantes y despectivas, algunas veces también con lenguaje vulgar.

Su actitud sobresale incluso más que su gestión y han surgido decenas de grupos de fans que están pendientes de cualquiera de sus desplantes para asegurarse de “hacerlos virales” en las redes sociales.

Considero que puede ser “normal” que, a veces, nos emocionemos cuando personas famosas a las que seguimos “le dan su merecido a los malos” en público. Supongo que es algo parecido a lo que pasa cuando vemos una película de superhéroes.

Pero creo que así no es

En mi opinión, esa no es la actitud que debería asumir un venezolano con incidencia pública ante aquellos que no piensan como él. De hecho, esa misma retórica del desprestigio y el insulto es la que nos ha llevado a que se “trancara la cochina” política, con todo el desbarajuste institucional que le ha acompañado.

Es más, agradezco, ahora que veo por dónde se fue lo de Lacava, que Mendoza no haya elegido el camino de la dirigencia política, porque ya veo que el resultado no habría sido bueno. Responder a quien te sigue y crítica cosas como que succione un óvulo de gallina o “tu comentario es muy largo y me dio ladilla leerlo”, sólo siembra más división y tensión en un país tan dividido y tenso que ya debe sentir una crisis de abrazos.

Lo peor es que, a mi parecer, la mala publicidad que esa gente se hace en esas situaciones echa por tierra cualquier supuesta buena acción que uno u otro haya hecho por la sociedad. No importa cuántos perritos haya salvado un fulano del hambre si después le dijo “mamagüevo” a mi hijo. Así como no importa cuántas cajas clap importe el otro si se metió con mi hermano que tuvo que salir al exterior a lavar pocetas para huir de la crisis del país.

Si una persona hace una crítica sin el uso de la violencia verbal, no tiene sentido usarla a modo de defensa. Es más, incluso si la usa, existen mejores modos de responder que otro insulto. Eso sólo demuestra inmadurez y más bien refuerza la mala opinión que ya un detractor puede tener sobre aquel a quien critica.

Si criticamos el discurso ofensivo de los funcionarios del gobierno y de la política nacional, pero defendemos que un artista insulte a su público por pensar distinto, estamos siendo hipócritas con nosotros mismos y entonces nos quedamos sin argumentos para pedirle a aquellos que dejen de insultar.

Creo que el país no necesita de esa “venezolanidad”, de tipos que insultan ya tenemos demasiado. Hace falta más bien gente que siembre la esperanza y la concordia en los demás, que reconozca una crítica y la responda con acciones que corrijan lo que haya que corregir o que simplemente no creen más fracturas. A veces incluso el silencio aporta más en ese sentido.

Mi llamado sería el de empezar a rechazar este tipo de interacciones y promover, en su lugar, el discurso respetuoso y conciliador necesario para reconstruir nuestro terriblemente maltrecho tejido social. Es deber de nuestros personajes públicos hacer esto último.

Deja un comentario