De señales del destino y otros dramas humanos

Éste lavaplatos está genial, pero no es el mío. Lo encontré aquí

Hoy recibí una señal del destino. Había transcurrido ya medio día de aquel normal día de semana. Lo había hecho bien hasta la hora, el primer turno de trabajo de 6:00am a 10:00am sin novedad y con las tareas cumplidas, el bebé bien alimentado, a salvo de sus propias travesuras y puesto a dormir, los pañales lavados y el almuerzo listo. Me disponía a lavar los platos cuando ocurrió.

No me gusta lavar los platos, es una de las pocas tareas del hogar que realmente no disfruto, pero cuando toca, toca, así que me puse a eso. Lavé los vasos de vidrio (siempre se friegan primero, dice mi abuela), un par de ollas, lo más grande, para liberar todo el espacio posible, ¡muy bien!.

Enseguida me di cuenta de que los platos estaban regados por doquier. Dos justo frente a mi, uno incrustado a un lado del fregadero y otro “parcialmente enterrado” entre una tapa de olla y otros trastos variados, enjaboné los dos primeros y fui a buscar el segundo.

Y ahí fue cuando el destino me habló…

La tapa de acero inoxidable grande que cubría uno de los platos se deslizó mágicamente hacia adelante, cubriendo parte del plato y enterrando todavía más el otro que estaba más abajo. La hice a un lado con mi mano derecha, sujeté el plato con la izquierda y la tapa se enganchó a él, levantándose unos milímetros antes de volver a caer ruidosamente.

Metí mi mano en rescate del último plato sopero que faltaba por fregar, pero la misma tapa de acero inoxidable lo sujetaba con todo su peso de una manera sobrenatural, la empujé hacia atrás y se deslizó de vuelta hacia adelante, frustrando mi objetivo, así que en lugar de empujar nuevamente hacia atrás, la halé con fuerza hacia arriba, buscando liberarla de lo que sea que la mantenía atascada y me impedía cumplir con mi tarea.

Ahí lo comprendí, el destino había hablado: no era hora de lavar los platos, el universo me había exonerado de tan traumática tarea. Obedecí, ¡por supuesto! Al destino hay que obedecerle. Me serví un café y me senté a escribir estas líneas, a la espera de que una nueva instrucción universal me devolviera a mis quehaceres.

Después de todo, no es que esté apurado, tengo todo… el tiempo… del mundo.

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