Sacarme la comida de la boca…

Recuerdo siempre esa frase que todos llegamos a escucharle alguna vez a nuestros padres y que tan chocante llegó a sonar. “Yo me sacaba la comida de la boca para que tu comieras”. Sin embargo, nunca tuvo tanto sentido como ayer cuando me senté a almorzar con el bebé.

Hace ya unas semanas desde que Andrés empezó, por voluntad propia, a comer solo. Desde entonces casi siempre lo sentamos en una colchoneta con su plato de comida mientras nosotros comemos a su lado.

Ayer, sin embargo, pasamos el día solos y se me hacía más fácil servir una buena porción de comida en un solo plato y compartirla con él. Así lo hice, tomé dos cucharas grandes de pasta corta, ocho rueditas de platano maduro frito y dos porciones de carne guisada del tamaño de un puño adulto promedio.

El menú estaba muy sabroso, y ya estábamos una hora por encima del almuerzo, el bebé de inmediato me hizo saber que tenía hambre así que nos sentamos, yo en la silla, él en mis piernas.

Y allí fue cuando pasó. Él tomó, por su cuenta y con sus propias manos, una rueda de plátano, luego dos y después la tercera. Le insistí en que no podía comer sólo eso y le presenté el tenedor lleno de pasta corta, adentro de un bocado. Luego una pieza de carne guisada mediana a la que le colgaba un pequeño trozo de grasa, adentro sin dudar.

Así se repitió la escena varias veces, pasta, carne, rodaja de plátano. Hasta que el hombrecito me había dejado prácticamente sin comida. Terminó comiéndose seis de las ocho rodajas de plátano, media porción de la pasta y pieza y media de carne guisada y yo, apenas había probado dos o tres bocados.

Ya satisfecho, se bajó de mi regazo y se fue a jugar, balbuceando palabras en no se qué idioma mientras se alejaba caminando. Yo me quedé mirando el plato, sorprendido y hambriento, sin poder explicarme a dónde había ido toda aquella comida.

Al final me levanté y me volví a servir un poco más de pasta y algo más de carne, no había más plátanos, tristemente, así que salvo las dos ruedas que me comí, no quedaba más para mi.

Y comprendí lo que se siente, “sacarse la comida de la boca” para dársela a un hijo, el compromiso con el que se hace y la satisfacción de saber que cumpliste tu deber como padre de ser su provisión, por lo menos por una comida más. Todo trabajo, todo trasnocho, valió la pena en ese momento.

Sólo tengo que decir que me siento afortunado en un par de cosas, la primera es que puedo darle de comer esa cantidad y, la segunda, que aún después de él haber saciado su hambre y vaciado mi plato, pude levantarme y volver a llenarlo para comer yo, ¿cuántos padres allá afuera no tendrán esa posibilidad?

Así que ahora mi deseo es que, pronto, cese esta incertidumbre que vive el pueblo venezolano para suplir sus necesidades y las de sus hijos. Deseo que todos podamos ir tranquilamente a conseguir nuestra comida y sentarnos todos a comer felices de saber que la provisión está ahí.

Y deseo que todos aquellos que no pueden, como yo, levantarse a volver a llenar el plato, pronto tengan provisión suficiente para hacerlo dos veces y no tener que preocuparse por qué van a comer mañana.

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