Estrujones del destino

A las 6:30 de una fresca mañana venezolana ella llegó al terminal de pasajeros, algo sudada y con el paso apurado a la cola para subirse a un bus a una ciudad cualquiera del centro del país. ¿Cuál? ¡No importa! Pues cualquier viaje en autobús a cualquier ciudad de este país habría sido perfecta para narrar esta historia…

Se estremeció al ver la larga fila de gente que esperaba a que apareciera el bus, unas 90 personas aguardaban con las caras largas, abanicándose el calor, conversando, matando el tiempo. Ella no tenía tiempo que matar, ese día empezaban los parciales en la universidad y por puro orgullo y terquedad soñaba con llegar puntual, aunque el último año se había convencido de que era imposible. Subió un poco más el volumen a la música en sus audífonos y se sumo a la colección de caras largas de la cola.

Media hora más tarde, el primer autobús con capacidad para 42 pasajeros se devoraba casi 70 cuerpos, que se apretujaban unos con otros mientras que un tipo con pantalón de vestir arrugado gritaba “colaboren en el pasillo señorita, caballero, cuatro filas por favor que sí caben”. Apenas 30 segundos antes el mismo sujeto había dicho “pasajeros que se van de pie” y un montón de gente salió en estampida, dichosos y entusiasmados de formar parte de semejante espectáculo. Ella por una parte se asombró, pero por la otra respiró aliviada, habían unas 20 personas delante de ella, con suerte cabría en el próximo aparato.


Él llegó a las 7:10 de la mañana al terminal de pasajeros. Iba tarde a su primer día de trabajo en una empresa cubriendo el puesto de un administrador que renunció por esa misma razón por la que ustedes saben ya que renuncia la gente. Se enojó al ver la cola, “¡bendita mala suerte!”, pero su jefe le dijo por un mensaje de texto “tranquilo vale, si vienes temprano más bien”… Se alivió.

Ella repitió la canción que acababa de sonar, le encantaba, le hacía olvidarse de la locura en que se había convertido su día a día y ya casi empezaba a bailar cuando volvió a escuchar el grito: “¡desde aquí los que se van de pie!”. ¡Que fastidio! Estaba segura de que alcanzaría a sentarse, pero este autobús era más pequeño que el anterior, ni modo. Esta vez no podría darse el lujo de esperar, así que trató de adelantarse a la estampida como un espermatozoide que se aferra tercamente a la esperanza de convertirse en ser humano… ¡Entró!

No había terminado aquel hombre de gritar cuando él salió disparado entre la gente para subirse al trasto, necesitaba llegar a tiempo pues quería dejar una buena impresión en su nuevo trabajo. Tuvo que hacer un esfuerzo considerable, para subir y en la lucha una ignorante le había pisado sus relucientes zapatos nuevos y les dejó una odiosa mancha marrón, pero se ocuparía de eso al llegar.

El mastodonte arrancó, con 35 personas más de las que aguantaba dentro, el calor era insoportable y el olor a gasolina opacaba las desesperadas batallas del aromatizante de fresita y las colonias por adueñarse del ambiente. El “colector” empezó enseguida a abrirse paso por los cuánticos espacios entre los pasajeros “pasaje en mano señores, 50 soberanos en mano por favor”, repetía mientras desafiaba las leyes de la física entre piernas, brazos, codos y nalgas.

Él tuvo que correrse hacia adelante para dejarlo pasar, apretándose tanto como pudo contra la pasajera que tenía justo en frente, de espaldas a él. Ella le soltó una mirada asesina y el respondió con una sonrisa nerviosa. “Perdón, –dijo- el pana necesitaba pasar”. Ella no dijo nada, se concentró en su música y en el sabroso perfume del avergonzado joven, hasta que le tocó pagar, que el colector golpeó la parte de atrás de su cabeza haciéndole señas para que desenfundara el pasaje.

Todo el viaje transcurría normalmente apretujado y caluroso hasta que, en un cruce, un responsable conductor conversaba con su novia por el celular y no se dio cuenta de que se le había metido al frente al gigantesco pedazo de latón sobrecargado. El pobre chofer soltó en voz alta sus más fluidas palabras en francés al pisar a fondo el pedal del freno y mover el volante bruscamente hacia la derecha, tratando de esquivar el cacharro del despistado conductor. ¡Fue un momento mágico! En cámara lenta el equipaje saltó de los portaequipajes a las cabezas de los pasajeros sentados, que lo esquivaban por pura inercia impulsadas hacia adelante, las de los más descuidados chocando contra los asientos de adelante.

La cava del vendedor de cachapas también salió volando, y una golosa pasajera se lamentó mientras era sacudida al observar como tres cachapas con queso rallado caían al sucio piso, el vendedor hizo lo que pudo por evitarlo, pero sólo alcanzó a darle un codazo al pobre viejito que luchaba por mantenerse firme con su bastón, ambos fueron a tener inevitablemente encima de las cachapas, el queso y la mantequilla regadas por doquier.

Por supuesto, el carnaval de cuerpos apretujados que viajaban de pie tampoco escaparon a la inercia y mientras los más afortunados se sujetaron de los pasamanos o los asientos, los más descuidados perdieron por completo su verticalidad y fueron a tener al piso. Ella fue una de esos pobres cuerpos sin suerte y soltó un grito de desesperanza mientras caía, sin encontrar algo que le ayudara a salvarse de la vergüenza. Ahí fue cuando él, con su varonil fuerza y reflejos de jugador de softball dominguero, lanzó su brazo derecho como pudo e interrumpió la caída de la chica sujetándola por la espalda, mientras su mano izquierda se agarraba con fuerza del pasamanos. Su brazo sufrió por el repentino esfuerzo y la incómoda posición, pero al menos ella no había caído y sonreía aliviada, alcanzando por fin asirse del espaldar de uno de los asientos.

Dos horas y algo después, el autobús entró al terminal de destino y apenas se detuvo, las personas se estrujaron nuevamente una contra otra para salir y apurarse a sus destinos. El la miró y sonrió, ella le devolvió la sonrisa, pero su respuesta se estrelló contra las nucas de las 6 personas que empujaban a su salvador fuera del autobús y a una vida de soledad y destinos interrumpidos. Pero él no se rindió y, esa misma tarde, volvió al terminal a esperar el bus de regreso y a ella, que cuando lo vio esperando apuró el paso para unirse en la cola. “¿Te vas en el próximo?” –preguntó ella-  “¡así sea de pie!”, contestó el, sonriendo. 


Al compartir su historia con Zancudonline, la pareja vive en Perú, a dónde llegaron hace un año después de una larga caminata en la que perdieron unos cuantos kilos, un celular y una tablet. Tienen una bonita hija de la misma edad y viven en un pequeño apartamento rentado a las afueras de Lima.

“Aquella cintura y ese redondo trasero me conquistaron desde aquel tropezón”, dijo él con picardía. “A mi me encantó esa fuerza, y ese perfume, ¡cuando nos vinimos me traje dos botellas de esas que piratean colonias para él!”, agregó ella con emoción. Ambos felizmente casados gracias a los estrujones del destino.

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